¿Qué estás haciendo ahorita? Tal vez vayas camino a la escuela; tal vez ahora sí te decidas a hablarle a esa mujer que no te deja dormir, que la ves en todos lados donde depositas tu mirada. Tu corazón late por ella. Esa es una sensación maravillosa, que el tiempo acaba por sepultar. No vayas a perder eso nunca, por más que la vida te decepcione, por más que sufras desencuentros, engaños, traiciones. Enamórate lo más que puedas, las más veces que puedas, siempre con tu corazón puro, entrégate por completo. Eso exige el amor: entregarse por completo. No tengas miedo del sufrimiento, porque en esa misma medida vas a disfrutar la cadencia amorosa.

Yo soy de un apático que es de dar risa. De una flojera infinita. No cambio nada por estar en los brazos de una mujer, por escuchar al maestro Schumann (de quien ahorita mismo estoy oyendo su cuarteto para piano y cuerdas; ¿te he platicado de este viejo?, alguna día lo haremos, nos sentaremos a hablar de Schumann). ¿En qué estábamos? Ah sí, en que por nada del mundo cambio este vaso de licor que tengo aquí, a unos centímetros de mi hermosa humanidad.

Pero el problema de fondo es otro: que odio llamar la atención. ¿Por qué crees que ando en micro y en metro?, ¿por qué crees que me gusta beber solo, en el último rincón de la última cantina? Siempre me ha parecido vulgar captar la atención de la gente. Para quienes carecen de amor propio, para los que no tenemos nada que defender, es un millón de veces preferible ser gris, no competir. Porque entre menos te exhibas, mejor. Como hombre te conviertes en carroña de buitres.

Yo venero la palabra escrita. Casi tanto como la música. La tengo puesta en un altar. Y le he hecho sacrificios. Que nunca han afectado a terceras personas pero que a mí me han costado sangre. He dejado al margen horas de silencio, horas de amor. Porque la palabra me ha dado casi todo lo que soy: lo mismo me ha dado para comer que ha puesto en mi camino los mejores amigos, o mujeres maravillosas que me han prodigado amor, bondad, conmiseración. Por la palabra. Por la palabra escrita. Pero jamás la he utilizado para agredir a nadie. Porque, ya lo dije, para mí la palabra escrita es sagrada. Como un crucifijo. No podría utilizar yo la palabra para echarle mierda a nadie, para filtrar infundios. Para mí la palabra escrita es un elemento de conciliación, de entendimiento, de alegría, de humor —y de honor—, de conocimiento, de ocio, de acercamiento, de templanza, de tender puentes amorosos, afectivos, de amor por la vida.

Algún día tú y yo nos toparemos y podré decirte todo esto en carne viva. Tenme paciencia. La vida es muy corta y yo tengo ganas de que nos sentemos a beber. Lo demás no importa

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