Pocas películas tan inquietantes han quedado en la memoria fílmica de las últimas décadas como ésta, realizada por el prometedor director Demme. Revitalizante proyecto de film policial y de suspenso salido de una novela de Thomas Harris. El film habría de quedar como uno de los más precisos y a la vez atípicos acercamientos al género, justamente en una época en la que las intrigas alrededor de los serial killers norteamericanos habían caído en la rutina más insulsa. Clarice Starling, la protagonista de esta pesquisa, habrá de enfrentarse y revelarnos a la vez a la entidad más compleja y lograda de la maldad en los últimos años: el doctor Hannibal Lecter. Acaso la presencia clave en esta mirada sobre los miedos y temores de la rauda y mediatizada era actual. La ultraconservadora Norteamérica ha sobrevivido a pesar de los mensajes de paz y amor. Y ahí están los retorcidos engendros de su intolerante idiosincrasia como efecto secundario de su medicina mal administrada. El doctor Lecter se presenta como embajador de esta minoría no tan lejana para decirnos que la soledad y el dolor que los engendran están ahí subyaciendo debajo de los mismos cimientos donde se forjó la gran nación y familia americana. Brillante policial (a su modo) y a su vez expresión misma del gran mal en la tierra de la libertad. Jonathan Demme habría de suscitar una gran influencia (como todo clásico) con este film, realizado para satisfacer en un principio las reglas del género. Material preciso para la rutina ya establecida fue reutilizado con gran osadía para potenciar esa visión de una no muy escondida versión siniestra de la sociedad de primer orden. De aquella que contempla gospel shows, incapaz de creer que la monstruosidad pueda estar presente con todo su estallido y escándalo dentro de la belleza de su mundo de jardines de ensueño y reglas precisas, de amor y solidaridad. La Norteamérica en la que acecha el asesino Bufalo Bill no es la gran y caótica megalópolis sino la pintoresca, aquella de bonitas casas rodeadas de pinos, donde todos se conocen y se cuidan, ahí donde aparentemente las buenas costumbres y la religiosidad han triunfado y encontrado su santuario. Pero son estos escenarios los que paradójicamente han alimentado el imaginario del crimen.

El representante de esta otra nación hace de la diplomacia su instrumento para alcanzar sus objetivos, nos hace conocer sus poderes de destrucción a través del uso de algo tan civilizado como la comunicación. Es la maldad adaptada a nuestros tiempos. La película, gracias a la extraordinaria actuación de Anthony Hopkins, hace de Lecter la expresión más lograda del mal que se haya visto en mucho tiempo. Con toda flema, acomete este duelo de inteligencia con Clarice (Jodie Foster notable, no dejándose apabullar por el siniestro personaje). En este intercambio es en donde radica lo más interesante de la cinta, toda una discusión por indagar la fuente misma de esta retorcida comunión que cobra cada vez más víctimas (tal vez no inocentes del todo). Así la película se desarrolla entre este enfrentamiento intelectual y el enfrentamiento aún vano con el asesino que va dejando las huellas (capullos) a cada paso de su proyecto (transformación a flor de piel) solo para dejar escandalizados y sin poder de respuesta a las fuerzas del orden al más alto nivel. La tensión creciente se debe a esta talentosa y comprometida introducción dentro de lo intangible, el horror y la vileza absoluta que apenas se manifiesta por imágenes escamoteadas de lo que alguna vez fue un ser humano, o su autopsia en la que las sensaciones de indignación o repulsión se manifiestan más en los rostros de sus testigos que en la contemplación de la corrupción total del ser. De ello se encarga en recordarle el irrepetible doctor Lecter para dejarla pensando que una victoria en esta inconmensurable lucha, no es nada.

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