Si escuchas tus resacas quemarás todos tus libros, incendiarás los pésimos poemas que has escrito durante tus noches en vela. Y encontrarás metáforas en la mirada de un ciego y descifrarás la podredumbre en los discursos patrioteros. Si escuchas las resacas, te rodeará una multitud de recuerdos, te atacaran por el flanco más débil las nostalgias nunca aplacadas, esa asquerosa nostalgia de recordar lo que pudiste er. Y no habrá mejor revolución que convocar en la plaza a todos tus fuegos internos, esos que te hacen gritar, mientras te quemas, consignas contra tus propios silencios.

Si escuchas tus recuerdos te ahogaras con tus lágrimas en la penumbra de tus sótanos, perecerás de melancolía buscando un refugio, un hogar pues. Y las pesadillas sobrevolarán tu almohada. Y seguirás sintiéndote incompleto. Y esa inconformidad sabes que no te motivará a dejar la apatía para transformarte en una explosión en movimiento. Porque has descubierto que nada es suficiente.

Si escuchas tus resacas temblarás ante el desasosiego. Y serás más humano, acaso menos pendejo, pero también parte de este ejército que celebra poco y cuestiona todo. Y no creerás lo que dictan los noticieros, ni te engatusarán los que engañan al pueblo, como tampoco votarás por los cretinos que vacacionan en las Bahamas o mandan a sus hijos a estudiar al extranjero.

Si escuchas las resacas seguirás tus instintos, esa hostilidad podrá ayudarte a ordenar tus ideas, gobernar tus miedos y saldrás como cada día con la cara en alto para gritar a los cuatro vientos que tu honestidad no es falsa.

Si un buen día amaneces con un ejército de ansias, con una multitud de nervios, querrás que se agoten los peores días y las noches más ingratas. Y te mirarás en el espejo, hablarás a solas, enloquecerás otro poco, pero llegarás a la conclusión de que no hay nada mejor que seguirte cuestionando si el atajo que tomarás será el indicado. Si se acabaron los festejos oficiales, el despilfarro millonario, entonces que empiece la verdadera celebración, el despertar de los que carecen de todo, menos de esperanza y actitud, mientras en tu memoria habrá un desfile de interrogantes e inconformidades.

Si amaneces con resaca y la juntas con la mía, con la de tus amigos, las de miles de mexicanos, quizá no podrás pensar con claridad, acaso te sentirás vulnerable, pero estarás más sensible y te preguntarás si ha valido la pena aplaudir la fiesta de los que tienen el poder, de los que nos llevan al abismo, de los que sonríen porque creen que han hecho las cosas bien mientras el país se cae a pedazos. Porque simplemente podremos mirarnos por primera vez a los ojos y sentir cuan alejados hemos estado. Sabremos que no necesitamos estudiar en la misma escuela para celebrar la autonomía

Si amaneces con resaca sabrás reconocer que lo que vale verdaderamente la pena es la gente que no cree todo lo que dictan los noticieros. Si amaneces con resaca cuestionarás lo que hay que cuestionar, maldecirás lo que hay que maldecir y seguirás tus insultos.

Si escuchas las resacas entenderás con claridad que pese a la pésima educación y el escaso presupuesto para las becas, tú tienes el poder de revolucionar tu entorno. Y habrá que empezar por ser un mejor estudiante, un gran lector, un buen ciudadano, un tremendo solidario con quien esta en desgracia, un poeta que no se calle lo que nadie quiere hablar, aquel muchachito que no votará por los que no han sabido gobernarnos, la chica que no se conformará con cuentos de hadas, la señora que hará de sus hijos mejores seres humanos, el señor que trabajará horas extras para que sus chavos lleguen a donde él hubiera querido estar antes. Si escuchas las resacas, esas tan llenas de cuestionamientos, seremos una sociedad digna del reclamo, un ejército de voces que han aprendido a no guardar silencio. Si escuchas las resacas, valoraremos la felicidad de los normales, esos seres extraños, los que no tuvieron una madre loca, un padre borrachos. Los delicados, los sensatos, los finos. Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen, esos, los más locos que sus madres, los más borrachos que sus padres y más devorados por amores calcinantes. Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

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