Aquella señora se paró frente al mostrador y la indecisión que tenia al elegir su menú, era superior al momento de decidir que carrera quería estudiar.  El pobre niño de la gorrita sonreía forzadamente, pero en sus ojos se adivinaban las ganas de ahorcarla. No era el único impaciente.

Respiré profundo, después de diez minutos que me parecieron una eternidad por fin la señora se decidió. Yo pedí dos McTríos, uno sin pepinillos. Pagué, esperé lo que ordené y me entregaron dos hamburguesas tibias. Vale madres. Y encima con pepinillos. Fui a reclamarle al gerente, el cual argumento que no venia indicado en la orden, a lo que rematé con “lo único que me reconforta es que nunca serás el empleado del mes”. Andrea intuyó que no fui precisamente a felicitarlo. “¡Guillermo, te pasas”, me acarició la mejilla, “pero me encanta lo gruñón”. Quité los pepinillos y miré con desgano la miserable hamburguesa que duraba tres bocados. “Ya quita esa cara”, sugirió Andrea. “No sé cómo te encanta venir a este pinche lugar”, reclamé aunque con tono relajado. “Cálmate, no todo en la vida son cortes de carne, niño exquisito, ademas así ahorramos un poco” Ambos reímos. Esa mujer me encanto durante un tiempo fugaz; pero que pareció una eternidad, aunque comiera lo que fuera  y no entendía que el comer es mas que satisfacer una necesidad. Cuando la conocí era una niña de 22 años y yo me resistía a sus encantos con un argumento bastante valido “estoy saliendo de una relación muy conflictiva, que existen personas dañadas y yo, no creo estar preparado para enamorarme”. A Andrea no le importó: “me conformo con lo que me quieras dar” y soltó una frase, que dio escalofrío, “si un día te enamoras de mí seré la mujer más feliz del mundo”.

Con ella recuperé al niño que siempre quise ser y que por motivos de la vida siempre termino perdiendo. Pasábamos horas jugando Resident Evil 4 y con jugando me refiero a que no se cansaba de verme jugar, repitiera el nivel 12 veces, y siempre se reía cuando gritaba con cólera “Pinches zombies”  Me reveló la magia de los museos, en como se organizan las secciones. Me dedicó al oído una canción en español y hasta hace un par de años tenia una hoja de su cuaderno en el cual escribió con la premisa de que “hace años escribí esto, para mí y otra para el hombre de mi vida, porque sabía que un día llegaría. Así que es tuya, te la doy con todo mi amor y con la promesa de que nunca dejaré de adorarte”. En eso último se equivocó, se canso de mis malos ratos y mis malos hábitos, deje de ser impresionante. De repente no podía respirar, necesitaba un poco de libertad, que me alejara por un tiempo, que la deje en paz. Acabó refugiándose en su licenciatura. Y me selló la visa hacia un sitio llamado olvido, donde habitan la amargura y el desencanto.

Andrea insistió en que continuáramos como amigos. Yo tenía mis reservas y hubiera preferido no verla más, pero me intrigaba su juego. Todavía nos acostamos un par de veces, por semana hasta que me enteré que ya salía con alguien mas, alguien menos complicado que yo, en sus palabras. “No mames, Andrea, esas son chingaderas”, no me anduve con rodeos, “la única similitud que tengo con el, es que ambos somos gordos; pero a diferencia de el, no estoy acomplejado, ni pago por sexo”. Ella negó lo que era más que evidente. “Sólo es mi amigo y lo quiero mucho, pero nada más”, mintió. “¿Sabes cuál es tu problema? Que tú no sabes querer, sólo necesitas que le saquen brillo a tu autoestima. Y para ese cabrón sólo eres un trofeo”.

Cuando la conocí acababa de mudarse, jamas pudo superar el abandono de su madre e incluso pensaba en el suicidio. Inmediatamente se aferró a mí con desesperación. Y confundió la necesidad con eso que para ella era amor. “Tu gran problema es que no sabes amar, solamente buscan quien te adopte, para después decir que fuiste abandonada”, remarqué. “Te odio, Guillermo, de qué lugar crees que me rescataste para tratarme como a una puta”, estaba fuera de sí. Pude haberle dicho que para ser una puta no hay que trabajar en un lugar definido, que sólo basta con que te encante coger sin medida y con quien sea, pero mi cinismo no da para tanto. “Sabes qué, cuando te pones en ese pinche plan no escuchas, mejor me largo”, me di la media vuelta. Ella me sujetó del brazo: “Ahora te esperas y me escuchas. Yo te amé como nadie, te di lo mejor de mí, pero tu miedo a vivir conmigo pudo más, así que no iba a pasarme la vida esperando a que te cansaras”. Encendí un cigarrillo y conteste “Me esforcé por acostumbrarte a lo bueno, pero siempre te gustó lo corriente”, la bofetada la sorprendió. Me alejé sin decir nada mas. Ella sollozaba. No fue la última vez que la vi y después intento que reviviéramos lo nuestro; pero esa es historia de otras tardes.

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