Cine


Pocas películas tan inquietantes han quedado en la memoria fílmica de las últimas décadas como ésta, realizada por el prometedor director Demme. Revitalizante proyecto de film policial y de suspenso salido de una novela de Thomas Harris. El film habría de quedar como uno de los más precisos y a la vez atípicos acercamientos al género, justamente en una época en la que las intrigas alrededor de los serial killers norteamericanos habían caído en la rutina más insulsa. Clarice Starling, la protagonista de esta pesquisa, habrá de enfrentarse y revelarnos a la vez a la entidad más compleja y lograda de la maldad en los últimos años: el doctor Hannibal Lecter. Acaso la presencia clave en esta mirada sobre los miedos y temores de la rauda y mediatizada era actual. La ultraconservadora Norteamérica ha sobrevivido a pesar de los mensajes de paz y amor. Y ahí están los retorcidos engendros de su intolerante idiosincrasia como efecto secundario de su medicina mal administrada. El doctor Lecter se presenta como embajador de esta minoría no tan lejana para decirnos que la soledad y el dolor que los engendran están ahí subyaciendo debajo de los mismos cimientos donde se forjó la gran nación y familia americana. Brillante policial (a su modo) y a su vez expresión misma del gran mal en la tierra de la libertad. Jonathan Demme habría de suscitar una gran influencia (como todo clásico) con este film, realizado para satisfacer en un principio las reglas del género. Material preciso para la rutina ya establecida fue reutilizado con gran osadía para potenciar esa visión de una no muy escondida versión siniestra de la sociedad de primer orden. De aquella que contempla gospel shows, incapaz de creer que la monstruosidad pueda estar presente con todo su estallido y escándalo dentro de la belleza de su mundo de jardines de ensueño y reglas precisas, de amor y solidaridad. La Norteamérica en la que acecha el asesino Bufalo Bill no es la gran y caótica megalópolis sino la pintoresca, aquella de bonitas casas rodeadas de pinos, donde todos se conocen y se cuidan, ahí donde aparentemente las buenas costumbres y la religiosidad han triunfado y encontrado su santuario. Pero son estos escenarios los que paradójicamente han alimentado el imaginario del crimen.

El representante de esta otra nación hace de la diplomacia su instrumento para alcanzar sus objetivos, nos hace conocer sus poderes de destrucción a través del uso de algo tan civilizado como la comunicación. Es la maldad adaptada a nuestros tiempos. La película, gracias a la extraordinaria actuación de Anthony Hopkins, hace de Lecter la expresión más lograda del mal que se haya visto en mucho tiempo. Con toda flema, acomete este duelo de inteligencia con Clarice (Jodie Foster notable, no dejándose apabullar por el siniestro personaje). En este intercambio es en donde radica lo más interesante de la cinta, toda una discusión por indagar la fuente misma de esta retorcida comunión que cobra cada vez más víctimas (tal vez no inocentes del todo). Así la película se desarrolla entre este enfrentamiento intelectual y el enfrentamiento aún vano con el asesino que va dejando las huellas (capullos) a cada paso de su proyecto (transformación a flor de piel) solo para dejar escandalizados y sin poder de respuesta a las fuerzas del orden al más alto nivel. La tensión creciente se debe a esta talentosa y comprometida introducción dentro de lo intangible, el horror y la vileza absoluta que apenas se manifiesta por imágenes escamoteadas de lo que alguna vez fue un ser humano, o su autopsia en la que las sensaciones de indignación o repulsión se manifiestan más en los rostros de sus testigos que en la contemplación de la corrupción total del ser. De ello se encarga en recordarle el irrepetible doctor Lecter para dejarla pensando que una victoria en esta inconmensurable lucha, no es nada.

Antichrist (2009)

Él (Willem Dafoe) y ella (Charlotte Gainsbourg) comparten la ducha en un encuentro íntimo que deriva en la unión de sus cuerpos. Todo está en una cámara lenta imposible, sólo permitida por equipos de alta velocidad utilizados generalmente en documentales sobre la naturaleza, relación de tanta osmosis con la película que inquieta. La pareja se traslada hacia su habitación donde continúan el coito. Los rostros de placer sólo son interrumpidos por el plano de un monitor de esos que avisan la actividad sonora de los bebes y que mantienen alerta a los padres. Aquel dato nos traslada hacia el cuarto del pequeño, que ha despertado y sale de su cuna

El pequeño ha llegado al portal de la pieza de los padres y los ve fornicar. Su libido no titila ante tamaña muestra de amor, sólo ve a sus viejos moverse, quizás por eso abandona el recinto. Él y ella siguen su galope hacia el orgasmo e ignoran que la criatura ha subido a una mesa para obsesionarse con el paisaje nevoso que deja ver la ventana que ha abierto. Mira hacia abajo, y aquel blanco cristalino de la nieve lo llama a dormir, lo llama a revolcarse como lo hacen sus padres. Quiere jugar y se lanza. Mientras cae, ella entra en clímax, y tras su muerte, ella consigue el orgasmo.

Esta escena editorial, sin palabra alguna y en cámara ultra lenta, nos introduce a la experiencia que resulta ser Antichrist (Lars Von Trier, 2009), una película comprometida con su discurso. Valiente. Y que sacrifica sus expectativas comerciales por lograr su completa expresión; que no le teme a la condena y que reivindica su amor por las imágenes, transformando su espíritu pornográfico en una espada de lucha contra lo que ataca, ayudadándose por su amor explícito por el arte.

Con cada película que estrena, Lars Von Trier pretende llamar la atención sin importar que piense uno de ella, y asi pasá con su mas reciente obra; Antichrist, película estrenada en el pasado festival de Cannes y que como cada cinta del director Danés ha dejado su huella a los miles de asistentes.

Algunos la nombran como una clásico del cine, mientras que otros afirman que Von Trier está más loco que nunca, dejando ver en está película su inalcanzable ego, y es por esto que entre críticas divididas, Antichrist no es una película para todo el público. La película estuvo promocionada como una cinta netamente de horror, grosso error, ya que esta película encaja perfectamente en lo que es el horror psicológico, género en el que Von Trier demuestra desenvolverse perfectamente. La historia se desarrolla cuando después de la muerte de su hijo, Nick, una pareja de esposos se ve envuelta en la peor de sus crisis, cuando la mujer experimenta dolor, temor y depresión de la que no puede escapar, es por eso, que el esposo la lleva a una pequeña cabaña en lo más profundo del bosque para acabar de terminar con todos los miedos que inhabilitan a su amada esposa. Y así se desarrolla Antichrist, mediante cuatro capítulos llamados “Dolor” , “Sufrimiento”, “Desesperación” y “Los Tres Mendigos”, Von Trier nos hace testigo de que no hay peor mal que la naturaleza humana, haciendo énfasis en el misoginismo, punto clave de la película. Antichrist juega con un desarrollo lento y pausado, en el que introduce a sus portagonistas, como ya lo hemos visto en sus films anteriores, en las más aterradoras de las pesadillas.

Antichrist propone que hay un pequeño ser anticristiano en todos nosotros. Que nuestra naturaleza proviene de lo salvaje de la naturaleza, que en film es tratada como La Iglesia del Mal, de donde vienen todas nuestras acciones instintivas. Nos dice que la naturaleza humana es completamente incompatible con la moral cristiana. La bondad no es parte de nuestro componente genético, sino que estamos más asociados al lobo, al ave rapaz, que caza y destruye para vivir.

El ritmo que lleva la película, es algo que pocos actores pueden mantener, es por eso que la elección de dos grandes y talentosas estrellas como Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg han sido uno de los castings más acertados que he visto en una película. Willem y Charlotte son los únicos personajes y protagonistas de Antichrist, así como también responsables de llevar todo el peso de la cinta en sus hombros. Sabemos que Willem Dafoe, es un actor veterano y con un curriculum lleno de buenas interpretaciones, que aunque a pesar de toda la fuerza de su personaje, su coprotagonista le roba la pantalla. Charlotte Gainsbourg ganadora del premio a Mejor Actriz por este personaje en Cannes, prácticamente se come la pantalla, su interpretación es asombrosa y aunque en un principio parezca una actuación “normal”, en la última media hora brilla con luz propia, ya que pasa de un estado a otro sin llegar a los excesos ni sobreactuaciones.

Antichrist, es la muestra clara de que Lars Von Trier no se equivoca a la hora de exprimir sus personajes femeninos, lo demostró con Björk en Dancer in the Dark, luego lo hizo con Nicole Kidman en Dogville y ahora Charlotte Gainsbourg se une a esta lista.

Nunca antes me había maravillado con un prólogo tan bien hecho, desde el inicio de la película vemos como cada escena, cada nota, cada tono, cada movimiento está tan cuidadosamente cuidado para que encaje a la perfección en esta escena, que a la vez es la mejor de toda la película, es como una pequeña obra maestra, en donde Lars Von Trier, ese autoproclamado genio demuestra toda su inteligencia e ingenio. Así como ese hermoso prólogo, hay muchas escenas, no tan impactantes como esa, pero llenas de una bella fotografía realizada Anthony Dod Mantle. La dirección es sublime y te mete de lleno en los más profundo del horror psicológico, con dialógos acertados y una cámara que desafía la censura, mostrándonos escenas explicítamente sexuales y uno que otro gore, del cual nos hace parecer lo orgulloso que está Von Trier con su film, una cinta muy suya y con la que hace lo que se le dé la gana.

En definitiva, Antichrist no es una película para todo el público, no es una película para todos los gustos y lo más importante no es producto de Hollywood. Si no conoces el tipo de cine de este director lo más probable es que no te guste la cinta, pero si ya has experimentado con su filmografía esta es una película que no aunque no te guste, tienes que ver. Antichrist habla del miedo, la locura y la maldad entre otros temas, su crudeza, su última y perturbadora media hora y su total honestidad, son los puntos claves de esta cinta, en donde un gran Willem Dafoe y una espléndida Charlotte Gainsbourg nos muestran lo que es actuar de verdad. Una cinta que es mejor no ver con altas expectativas pero que apesar de cualquier conclusión que saques al final, muchas, muchas de sus escenas se quedarán grabadas en tu mente.


Con una mirada mordaz, divertida y dolorosa sobre las relaciones modernas, Closer nos cuenta la historia de cuatro desconocidos y de sus casuales encuentros. Son personajes modernos, hedonistas, adictos a la recompensa inmediata, marcados por el miedo a sufrir, que buscan de manera insaciable un placer imposible. Se podría resumir Closer como una historia de amor para adultos. “¡¿Se puede saber qué hay que hacer aquí para tener un poco de intimidad?!”, ese es el grito desesperado de uno de los personajes, tras fracasar en sus intentos por conectar con alguien. Esa es la pregunta que nos deja Patrick Marber. “Más cerca”, ese es el significado literal de la palabra Closer, eso es lo que necesitan ávidamente todos los personajes: estar más cerca, tener intimidad, como sea, a cualquier precio. Los cuatro se buscan y se necesitan de manera compulsiva pero, también compulsivamente, se mienten y se traicionan, se abandonan y se pierden, es una obra sobre las relaciones afectivas o, más bien, sobre la dificultad de tenerlas y la renuncia ante la dificultad. Habla de la incapacidad de amar, de la confusión entre amor y sexo, de la soledad.

Están dispuestos a darlo todo, pero sólo con la condición de que les sea devuelto. Closer es un texto elegante, limpio y ágil en su apariencia. Sus tripas, en cambio, muestran lo más bajo de la condición humana. Terminé de leer Closer, la obra de Patrick Marber que convirtió en película Mike Nichols. En el libro, Alice, su personaje, se muere. Dan, que en la película es Jude Law, se encuentra con Ana para decirle que Alice se murió. La atropella un camión. Delante de Ana se pone a llorar y confiesa “me dijo que se había enamorado de mi porque le quitaba las orillas a los panes de mis sandwiches. La verdad, el día que la conocí le había quitado la orilla al pan porque se estaba desmoronando. Yo nunca hacía eso”. ¡Carajo! se enamoro de algo que no era. Detesto idealizar a una persona. Es un camino que no lleva a ningún lado, mas que a la decepción. La persona idealizada no va a poder cumplir las expectativas nunca. Y el idealizador pierde toda perspectiva.

Generalmente nos obsesionamos por cosas bastante absurdas. La forma como alguien te vio un día que estaba borracho. Un par de tetas enormes. Una conversación. La idea de que nuestra vida será más divertida. Como Alice y las orillas de pan. Nos enamoramos de alguien porque pensamos que es de una forma, que es grandiosa, que es maravillosa. Pobre bastardo ese Dan, al que amaban por algo que no era. Supongo que después le empezó a quitar la orilla a sus panes siempre, aunque el güey las amara.

En la pelicula Mike Nichols, nos muestra las vidas y las relaciones de estos cuatro personajes se cruzan y se separan en múltiples escenas entre las cuales pueden pasar seis meses, tres días, o un año. Es el primer paso al mundo en el que nos introduce Closer: un mundo donde el paso del tiempo no significa nada en las relaciones de pareja. La espléndida adaptación de la obra de Patrick Marber es un juego de espejos donde una escena puede ser cortada a la mitad para que otros personajes, en la siguiente, terminen de contarla. Sin embargo, rompe una regla básica del cine: crear personajes con los que al menos el espectador pueda identificarse o, como mínimo, comprenderles. Pero Closer no funciona así: todos ellos nos producen repugnancia, un puñado de subdesarrollados emocionales incapaces de querer a la persona que les ama y, aún más allá, capaces de hacerla daño sin tener en cuenta lo que sienten por ellos. Incapaz de controlar su furia, Larry machacará verbalmente a Anna tras descubrir que se ha acostado con Dan, al que en principio no amaba, sino aborrecía. Dan tiene el amor y el cariño de Alice, pero se librará de ella como quien se quita un chicle del zapato cuando descubre que ser feliz es una sensación para la que él no esta preparado. Según avanza el metraje, el caos y la desesperación aumenta, el amor desaparece y sólo queda un extraño juego psicológico en el que cada uno intentará salvar el barco como puede, caigan quienes caigan en el camino.

La elegante puesta en escena de Nichols contrasta con el guión de Marber, con su inevitable placer que provoca ver a actores famosos escuchar frases como “¿A qué sabe su semen?”. Saber si una mujer alcanzo el climax con otro hombre, ¡Porque soy un cavernicola! Nichols pide al cuarteto cosas muy difíciles y enseñar sentimientos complicados, pero todos ellos responden, en mayor o menor medida, de una forma realmente notable, sorprende ver un producto de estas características que llegue de Hollywood, un film tan enfocado en la crueldad y el sadismo en la pareja. Por desgracia, esta condición suele jugar en su contra: difícilmente podremos ver una película tan fría como Closer en la que sus personajes son incapaces de querer pero muy capaces de odiar y hacer daño. Nichols y Marber nunca pensaron en ilustrarnos acerca de la felicidad de dos personas (esa felicidad que se supone que está ahí, pero que nunca vemos en pantalla), ni hacer un retrato fiel de las relaciones humanas: sólo querían darnos a entender de qué es capaz un individuo en estos días cuando se siente herido de una forma tan íntima. Y creo que lo han conseguido.

Nunca fui un fan declarado de  Aventuras de Alicia en el país de las maravillas, la versión definitiva de Lewis Carroll a su relato Aventuras de Alicia en el subterráneo. Lo primero que el incauto lector debe saber es que dicho relato, concebido en un viaje en bote que hizo el propio Carroll con las tres hermanitas Liddell (Lorina, Alice y Edith) por los 1860, acabó convirtiéndose en uno de los fundamentos de las artes en el siglo XX. Y no estoy exagerando: de los dadaístas a James Joyce, pasando por los Beatles y American McGee, el libro “infantil” de Carroll es una influencia y una inspiración, y todos los grandes de las bellas (y las feas) artes le deben un poco.  El encanto de sus personajes arquetípicos, construidos a partir de conocidos de Carroll pero forjados como entre sueños y pesadillas, hacen de la lectura y disfrute de Alicia en el país de las maravillas una de esas cosas que no podemos exiliar de nuestras vidas. Lo geek y lo nerd provienen de aquí, de la retorcida imaginación de un matemático que ideaba situaciones absurdas y las escribía en forma de prosa y verso. Alicia a través del espejo es la secuela no asumida como tal (aunque lo es), memorable en muchos sentidos pero menos fresca que la primera parte. Grande y pequeño, adentro y afuera, loco  y cuerdo, adelante y atrás, naipes y ajedrez. De golpe parece no tener pies ni cabeza, parecen contradecirse y ser idiotas nomás porque sí. No obstante, cuando se ha pasado suficiente tiempo de un lado y el otro del espejo, las cosas cobran una evidente lógica: la simetría, que tanto obsesionaba al buen Carroll, las dos piezas que forman a cada quien cobran un sentido supremo. A veces abajo es arriba. A veces adentro es afuera.

El juego de ajedrez es la expresión ordenada de esta locura. Un ejército frente a un espejo: esa es una partida de ajedrez. Al final de Alicia a través del espejo nuestra chica despierta con sus dos gatos en brazos. Uno es blanco, otro negro. ¿La mente de Alicia construyó todo o ese mundo maravilloso y aterrador es real? La verdad, a quién le importa.

No imaginaba cómo Tim Burton podía hacer una versión fílmica de Alicia en el país de las maravillas sin meterse en serios problemas. El libro es una pieza realmente oscura: para ser un libro infantil, es una ojetada. Las ilustraciones de John Tenniel son macabras, las situaciones son perversas. Alicia pasa gran parte del relato soportando a una bola de idiotas burlones entre chistes malos y situaciones estúpidas. Con todo, Disney logró pasteurizarlo en la versión de 1951, Burton apuntó sus cañones a lo obvio: el diseño de personajes, el virtuosismo de su arte visual y la cinematografía 3D. El espectáculo de su Alice in Wonderland no es algo que nunca haya visto la audiencia, pero sí una película visualmente armónica y perfecta en ese sentido. Anne Hathaway como la Reina Blanca es espectacular (sobreactuada, fingida, dementita) y Helena Bonham Carter como la Reina de Corazones/Reina Roja (es un mashup) se ve increíblemente bien, es divertida, maldita; pero genialmente divertida y ejemplifica lo que un malo de cuento debe de ser. Los personajes que pululan en los dos libros de Carroll que he mencionado han sido hermosamente diseñados: el gato de Chesire, el Jabberwocky, el Sombrerero, el lirón, la oruga pacheca el cual es mi personaje favorito, sin embargo, es la propia Alicia. A sus tiernos 20 años, la encantadora Mia Wasikowska le da toda la tristeza necesaria a Alicia. Lo ha hecho estupendo. Y, de nuevo, es encantadora. Con sus ojeras y su piel lechosilla. Más tarde hablaré de la tristeza del personaje. Sobre el 3D, sólo puedo decir que no me gusta. Se ve oscuro y opaco, y a ratos fuera de foco. Evitaré películas 3D en el futuro. Espero.

¿La historia? Bueno, casi es un desastre. Desarticulada y armada con pedazos de ambos libros, requiere de la memoria de un lector asiduo de Carroll para medio ir capturando las referencias. No tiene nada que ver con Alicia en el país de las maravillas –los hechos de ese libro, vemos casi al final en un flashback, son apenas un episodio añejo que la amnésica Alicia recuerda súbitamente–, el personaje principal ni siquiera es una puberta confundida, y Alicia a través del espejo salpica tramposamente algunas situaciones y personajes. El mejor ejemplo de esto último es el Jabberwocky, monstruo que surgió de un poema de dicho libro, y que acá resulta ser la criatura villana, una especie de Kraken que hay que destruir a toda costa. Visto así, el Alice in Wonderland de Burton es una babosada épica. Por supuesto, no puedo dejar de mencionar que la burda incursión de Johnny Depp como el Sombrerero no tiene nada que ver con la obra original sino con las barbaridades de los mercadólogos.

Sobre la tristeza de Alicia: mucho se ha hablado de los ojos taciturnos de la Alicia de las ilustraciones de John Tenniel. Para mí son ojos tristes. Alicia en el país de las maravillases un cuento sobre abandonar la infancia para entrar en la vida de los adultos (en el cual, irónicamente, Alicia actúa en muchos sentidos como la adulta, y el resto de los personajes como niños). Si lo piensan un poco, esa es razón suficiente para entristecerse. Para mi sorpresa, Burton ha quitado por completo esta noción, pero al menos la ha sustituido por un símil: su Alicia ya ha cruzado el umbral de la infancia, pero es huérfana. Pocas cosas más tristes hay que una huérfana, y por eso amé el parco semblante de Wasikowska. El símil es bastante afortunado porque, de alguna forma, los adultos somos huérfanos de nuestra propia infancia, tenemos que matar a esa persona que fuimos para seguir adelante. Aquella Alicia del cuento original cae por el agujero del conejo y regresa siendo una persona diferente –una mujer, para algunos. La película termina con Alicia a punto de irse de viaje. El semblante de nuestra chica sigue siendo de tristeza, a pesar del último (y cursi) encuadre. Aunque no me encantó la película, me gustó mucho ese final. Quizá porque de eso se trata Alicia en el país de las maravillas: de un viaje. De un extraño, psicodélico y desquiciado viaje.

Basada en la novela Push

No. Yo no voy al cine a sufrir. Acudo para experimentar emociones. A reír, a quedar boquiabierto, a sentir un nudo en la garganta, a alcanzar el éxtasis. Precious, basada en una novela que jamás he leído, ubicada a principios de los 80 y dirigida por un tal Lee Daniels  –quien es un jodido genio del lenguaje cinematográfico–  nos presenta una película sorprendente, llena de historias dentro de la historia, no es tonto utiliza el contarnos una historia para decirnos algo más grande: Las razas minoritarias viven jodidas, porque se joden entre ellos primero. Antes de que las opriman, se oprimen entre ellos.

Llena de lugares comunes, es sorprendente la manera en que evita desarrollarlos justo como todas las películas del genero negro, Gabourey Sidibe encarna a  Precious a la que hace alusión el título, una adolescente obesa de 16 años quien está embarazada de su padre, vive con la peor madre del planeta Tierra, posee una autoestima inversamente proporcional a su peso y habita en Harlem.

Ella no vive su espantosa realidad lamentándose, y Lee Daniels pretende que nosotros tampoco la miremos con el ojo lastimero. En Precious todo ocurre porque así es día con día y, a pesar de lo terrible que es su universo, la película es simplemente hermosa, se traga al espectador con sus encuadres ingeniosos, el alegre soundtrack y sus poderosísimas imágenes.

Precious es candidata a una escuela especial donde podrá desarrollar sus talentos en matemáticas. Ahí pretende terminar su GED –la preparatoria abierta de Estados Unidos– y aprender a leer y escribir como Dios o quien sea que ‘fabrique los días y esta ausente’ manda. Ahí conoce a un grupo molesto de compañeras latinas y negras, a una maestra que no es retratada como el típico cliché de la docente en pro de la superación de sus estudiantes por medio de actos explosivos –como en Dead Poets Society-. Esta es una clase normal, y aquí hay aprendizaje sin estupideces extra. De nuevo Daniels mantiene todo en equilibrio.

He aquí una película en la que no hay momentos que salgan sobrando y nunca nos meten el drama de manera artificial. En la tragedia hay humor, hay cotidianidad, hay fantasía, hay crecimiento y sabores grasosos. La obesidad es una característica, pero no la médula de la existencia de Precious. Nunca sentimos pena por ello. Todas las actuaciones son regulares, pero Mo’Nique se roba el espectáculo con dos secuencias capaces de taladrar hasta al espectador más inmutable.
Precious es el tipo de película que drena la energía, pero no termina con una nota depresiva. Todo lo contrario. Y la metamorfosis de esta adolescente en una mujer completa es uno de los instantes más simples y potentes de sus 109 minutos.

15 años en prision . . . 5 días de venganza

Un hombre en la azotea de un edificio vestido formalmente. Un hombre en la azotea de un edificio sosteniendo a otro, que está por caer del edificio, de la corbata. El mismo hombre en una comisaría detenido. El hombre en la comisaría, ebrio, llevando unas pequeñas alas de ángel en la espalda. El hombre recogido por un amigo en la comisaría. El hombre hablando por teléfono desde una cabina en la calle. El hombre desapareciendo. Un hombre, aparentemente el mismo que desapareció, con el pelo largo y desarreglado.

Oldboy es brutal, y brutalmente honesta por fiel a si misma, porque no creo que Park Chan-Wook se haya cortado un pelo a la hora de proyectar en su película aquello que le rondaba por la mente, iluminada bien por una idea rompedora, bien por una salvaje intuición. De la cabeza de Park Chan-Wook a tus ojos y mente, sin filtros ni intermediarios. Como su compatriota Joon-ho Bong, Park Chan-Wook también mezcla géneros con una soltura y una coherencia que asusta, si bien es cierto que en Oldboy, al menos tal y como yo vivencio la película, el desgarrador drama psicológico cobra tal dimensión según avanza la historia, que las invitaciones del film, acaban arrinconadas ante un relato de crueldad, extravío y naufragio psico-emocional tremebundo y desafiante que sacude la pupila de principio a fin.

Cuando el protagonista acaba su encierro andamos ya noqueados. Quien llegaría a pensar que a partir de ahí no iban a hacer más que aturdirnos sin tregua, con tesón y verdadera dedicación. Llegados a este punto, digamos, la liberación de Dae-su Oh, Park Chan-Wook nos ha dado ya unas cuantas lecciones, regalado varias escenas fabulosas, y propinado algún que otro garrotazo; pero es que la clase magistral continua, y aún no hemos visto nada.“Persona encerrada y atormentada sin motivo aparente busca venganza”. La alusión a “El Conde de Montecristo” nos lleva a pensar en derroteros habituales, y anticipamos el desarrollo que seguirá la película. Los que no hayan leído a Dumas rescatarán de su memoria imágenes de films como “Kill Bill”, “Lady Snowblood”, o cualquier otra historia en plan “me vengo porque yo lo valgo”. Pero nada más lejos; Park Chan-Wook nos pierde a propósito, y pasado un rato desde la liberación del protagonista, el punto donde nos encontremos será el más lejano a donde arribarán nuestros augurios, o al menos lo fue para mí, pues el desarrollo posterior de la historia me dejo pendejo.
Con lo visto hasta ese momento, y aún no hemos siquiera rozado la pesadilla que se avecina.

La película seguirá haciendo puntuales escarceos en diferentes géneros, pero nuestra caída en la espiral de sadismo y lobreguez psicológica que es Oldboy se irá haciendo más y más violenta y lacerante. Hasta un final de quitarse el sombrero y marcarte unos cuantos golpes, a ver si así te sacas esta película de la cabeza.

Me declaro fan . . .