Despertó de golpe, abrió los ojos tanto como pudo, e inmediatamente trato de levantarse, no sabia donde se encontraba; pero el escalofrío que recorría su cuerpo le indicaba que no era un lugar seguro, trato de levantarse de la cama donde yacía recostado.

– ¡Que carajos! Exclamo al percatarse de su estado: atado de pies, manos, cintura y el pecho, sintió en su inmovilidad; un dolor intenso en la parte trasera de su cabeza acompañado del miedo más grande que había experimentado en su corta vida.
– ¡Mi vida por fin te has despertado!
– ¿A. . . Ad? ¿Pero que ha . . .?
– Tranquilo – interrumpió, mientras pasaba su mano por su cabeza – siempre me has parecido lindo y podría decir que hasta hermoso; pero hoy, hoy veo la santidad en ti, un mártir dispuesto a sufrir por los pecados de la humanidad
– ¡Suéltame! ¡Que carajos estás haciendo, maldito puto de mierda!
– ¡No, no lo soy! Reviro con indignacion

Mientras su invitado peleaba contra los cintillos en todo su cuerpo, Adán dio la vuelta hacia la parte superior de la cama saco un bate por debajo de ella y golpeo con brutalidad la parte trasera de la cabeza de su víctima, mientras esbozaba una leve sonrisa. Al instante se subió sobre su cordero, este estaba más cerca de la inconsciencia pues no hilvanaba una sola oración completa.

– Calma, no pasa nada – le decía al oído en un tono dulce – No te me vayas a dormir, ¡me oyes! – soltó una bofetada al instante – ¡Mírame! – tomo su cabeza en dirección a la suya – Sabes que eres un pecador, te he visto, he visto como miras a las mujeres con lujuria, como las haces llorar con tu desdén y eso a Dios no le gusta. Yo, yo vengo a librarte de tu mal, y te voy a dar el regalo mas divino: la eternidad.

Adán comenzó a llorar, era la primera vez que llevaba a cabo las tareas que Dios le había encomendado y eso le llenaba el corazón de alegría. Las lágrimas comenzaron a caer en su víctima, así que se agacho y comenzó a lamerlas de la cara de él.

– Es momento –susurro –

Tomo el hombro izquierdo de su víctima con una mano y con la otra su antebrazo, dio un brutal jalón en sentidos opuestos, el hombro hizo un chasquido al momento de salirse de su posición, acompañado de un bestial grito de dolor de su víctima.

– ¡Auxilio, alguien ayúdeme!
– ¿No lo entiendes? Nadie puede oírte, estamos tu y yo solos dos pisos debajo del suelo. Digamos que en el purgatorio
– Por favor suéltame – susurraba, puesto sus fuerzas estaban siendo consumidas por el dolor – te lo suplico, perdona si hice algo que te ofendiera. Pero por favor suéltame – veía hacia arriba derramando las lagrimas que habían estado acumuladas porque nunca las había necesitado utilizar –
– ¡Mírame cuando me hables! – Jalo de nuevo su cabeza, solo que esta vez del pelo – Te estoy dando el poder de la purificación y ¿así me lo agradeces?

Adán bajo unos centímetros, se sentó encima de los pies de su víctima, tomo con sus dos manos su rodilla y la empujo hacia ambos lados hasta que se aseguro que estaba fuera de la articulación. Su víctima no pudo gritar el dolor era descomunal, tanto que lo callaba. Deseaba como nunca desmayarse no sentir, pero su atlético estado se lo impedía.

– Ok, ya llevamos la mitad, je je je, ya vamos adelantados una buena parte
– Dios, no, no por favor
– ¿Dios? ¡Cállate! No eres digno de nombrarlo, después de tantas veces que lo has rechazado como tu Salvador.
– ¡Por favor, te lo suplico, déjame ir! Juro que no volveré hacer nada malo lo juro por Dios, por favor perdóname.
– ¡No jures en vano, eso a Él no le gusta! El ya te ha perdonado, yo solo me estoy asegurando que el perdón sea digno de ti, que tu arrepentimiento sea sincero, y solo puedes arrepentirte y aceptar su misericordia a través del dolor, ¿No lo sientes como te va purificando? Disculpa, que descortés he interrumpido nuestra sesión.
– ¿Qué vas a…? ¡Ahhhhhhh! – Grito por dentro, casi murmullo, puesto el dolor de una nueva luxación solo que ahora en el hombro derecho lo dejo al borde de la agonía.

Su invitado recupero el conocimiento en los minutos siguientes la agonía ya no era suficiente para desconectarse del dolor, cuando recobro plena conciencia levanto un poco la cabeza y presencio una imagen que nunca en sus más terribles pesadillas hubiera imaginado, ahí estaba recostado, amarrado de pies, manos y dorso, con los hombros, codos, rodillas y tobillos fuera de su lugar. Todas sus articulaciones estaban en las posiciones incorrectas. Lo único que deseaba es que todo acabara pronto. Pero para su mala suerte, su destino ya no le pertenecía a él, sino a Adán.

– No quise despertarte puesto quería que estuvieras totalmente presente para tu purificación. Mira, esto supongo que dolerá un poquito puesto nunca lo he hecho pero estoy seguro que te acostumbraras

Adán quito el cintillo de sus pies, bajo sus pantalones y su ropa interior al mismo tiempo de una forma delicada pues no quería lastimar más de lo necesario a su cordero. Abrió sus piernas los más fuerte posible, después las empujo hacia afuera hasta que la cadera de su víctima trono tan fuerte que hizo que empezara a tener una erección. Su invitado grito descomunalmente como nunca había gritado desde que el rito comenzó, Adán sabia que dislocar la cadera era algo muy grave, fue cuando supo que no había marcha atrás. Ahí estaba esa tierra prometida que tanto había estado buscado, en forma de pliegues y muy cerrado. Pero para Adán era una apertura hacia Dios. Tomo su pene – el cual estaba tan duro y listo – lo empujo y logro romper la barrera y deslizarse dentro de su víctima por fin pudo experimentar ese placer que sus 26 años no había encontrado. El círculo se había terminado.

– ¡Que bien se siente! Ahora entiendo porque le haces esto a las putas de la escuela que se mueren por ti. ¡Si así! No te muevas – mientras llevaba un ritmo semilento –

Su invitado ya no tenía orgullo propio, no sentía nada, ni siquiera las lagrimas que derramaba mientras estaba siendo penetrado. Todo había perdido sentido para él.

– ¿Por qué lloras, no lo entiendes que todo esto lo hago para lograr tu trascendencia? Dios ahora sabe que estas dispuesto a sufrir por él. ¡Mírame, cuantas veces tengo que repetirte que me mires cuando te hable! – al mismo tiempo que seguía un ritmo cada vez más rápido, sus ojos se tornaban en blanco y apretaba con fuerza el cuello de su cordero –

Pocos minutos duro dentro de el, convirtiéndose los dos en uno; pero era tan fuerte el placer que apretaba con más fuerza el cuello de su invitado y este no podía hacer nada, no podía levantar los brazos, no podía gritar; así que solo se dejo guiar hacia su muerte.

– ¡Dios, gracias! ¡Gracias por hacerme tu servidor aquí en la tierra! – Mientras soltaba el chorro blanco dentro de el. Adán había encontrado en esa mezcla de sangre, semen, mierda y muerte, la paz. Pero cuando se dio cuenta de que su invitado había muerto, le invadió una tristeza profunda, se había dejado llevar por la euforia y no pudo concretar todo su plan. Pero Adán sabía que tendría más oportunidades, la ciudad era un lugar listo para ser exterminado por la misericordia de Dios.

Envolvió a su víctima en una tela, abrió el incinerador y echo ahí el cuerpo, mientras pasaban las horas necesarias para calcinarse, tomo sus gafas y aprovecho para aventar litros de lejía al piso para borrar cualquier evidencia de sangre. El olor a lejía le recordaba el poco tiempo que había conocido a su padre; pues era la primera vez que entraba al crematorio de su padre desde su muerte. Cuando el incinerador se detuvo, tomo los restos de los huesos y los pulverizo, tomo las cenizas en un recipiente abrió la puerta dejándola abierta para que el calor saliera. Subió los dos pisos, tomo un galón de agua de su congregación vertió agua en un vaso y mezclo con las cenizas, bebió el espeso líquido que se había formado y murmuro:

– Ahora he devorado tus pecados, Dios acógelo como uno más de tus ciervos que han aceptado en ti la salvación.

I

Tarde lluviosa de marzo, aquellos días antes del inicio de la primavera que después del frio, viene la lluvia para que el calor del sol entrante de primavera la evapore. Adán esperando en la salida de la escuela a su madre fue sorprendido por su tío.
– Me dijo tu mama que viniera por ti, despídete de tus amigos y súbete al carro
– ¿Qué paso, tío?
– Nada eso te lo dirá después tu mami, no hagas preguntas ¿está bien?

Adán asintió con la cabeza, se subió al carro y todo el trayecto no hizo un solo sonido. El camino se le hizo largo y angustiante, el rostro de su tío mostraba que algo había pasado; solo esperaba ver a su madre. Al llegar, la casa estaba rodeada de varias personas que Adán desconocía, su tío toco el claxon para que abrieran paso al Renault que venía manejando. Entraron, Adán inmediatamente busco a su mama, se encontraron en un abrazo de tal magnitud que Adán jamás había recordado en su corta memoria haber recibido.

– Vete a tu cuarto y no salgas de ahí. ¿Me entendiste?
– ¿Y mi papá?
– No hagas preguntas, tu papi está ocupado en este instante
– Pues por favor mami, déjame ayudarle siempre he querido entrar al crematorio
– Sube a tu cuarto ¡ahora!

Abel Serrano había sido de los primeros habitantes en la zona, toda su vida había trabajado con muertos, ya sea como sepulturero o como hacía desde hace unos años atrás había puesto un negocio de cremación, el mismo construyo el horno con ladrillos y con el tiempo se volvió un experto en la materia. El negocio prospero a los habitantes de las colonias aledañas les era mas cómodo incinerar los restos de sus seres queridos, que pagar por todo un entierro. Gracias a eso Abel pudo hacerse de una casa, siendo el crematorio los cimientos de esta.

Abel conoció a Eva su vecina de enfrente justo el día de su mudanza. Su interés por ella siempre fue muy puro y ambos coincidieron en sus fuertes raíces católicas. La acompañaba a misa todos los domingos, el tiempo transcurrió y a los 4 meses de novios, el fue a pedir su mano. Se casaron bajo las leyes de Dios y fue en la noche de bodas cuando ambos probaron el placer ajeno. La culpa era un ingrediente principal en su matrimonio pues Eva no salía embarazada; el sexo era algo vergonzoso para ambos pues lo disfrutaban; pero no debían.

Al año de casados recibieron la bendición de su primogénito, al que no dudaron en llamarlo Adán en memoria del abuelo de Eva, el pilar de la buena moral que su familia tanto presumía. Abel siempre fue un padre amoroso; no quería la misma vida para su hijo que la suya. No quería que su hijo se acercara a su trabajo, no quería rodearlo de la muerte, pero sobre todo no quería que su hijo viviera con la maldita culpa que por sus estúpidas creencias había tenido por siempre. Así que siempre que podía desde el nacimiento de Adán evitaba conversaciones que llevaran a respuestas que “solo Dios tenia”. Todo dio un giro ese 1987 cuando el golpe mortal llego al pecho de Abel. Ahora casi cinco años de esa definitiva decisión Abel Serrano yacía recostado sobre el horno, frio, rígido, esperando a ser encontrado. Su alma ya estaba con el Dios que tanto le habían contado.

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