Extasis de Alex Grey

PROLOGO

El ve caer la lluvia por su ventana, pensando un mañana que jamás llego, promulgando un presente que jamás fue, es lo que nunca quiso ser, sino en lo que se convirtió. El teléfono suena y sabe que espera una amarga conversación:

-¿Bueno?
– Ya llegue
-Ok
-¿Qué tienes?
-Nada
-Si tienes algo, posiblemente haya algo en que pueda ayudarte
-No quiero hablar de eso
-Esta bien, respeto tu decisión; pero si algún día quieres hablar. Aquí estoy
-¡Siempre se tiene que hacer lo que tú quieres!
-No es eso amor
-Si, si es eso
-¿Por qué dices eso?
-Por todo, por hoy, por la forma en que hablaste de cómo iba vestida
-Solo dije que no parece justo que si voy a tu casa, me recibas desarreglada y en pantuflas.
-¡Pues así me conociste! –Retumbo el auricular-
-Tranquila
-Pero ¿sabes qué? Ya no hay nada que puedas hacer para cambiarme
-Pero; si tu pediste el cambio a gritos, solo que ahora crees que tú eres todo
–Déjame en paz, todo lo que has hecho lo hiciste para arruinarme, ellos lo saben
– ¿Quiénes ellos?
– Ellos los que se preocupan por mí, los que son alegres conmigo, los que dicen lo que quiero oír

Humberto sintió que la sangre se volvía más espesa dentro de él, no quiso reventar, no quiso perder el control, porque sabe que solo lo hizo, aquel trágico día en que despertó del trance y vio a un tipo acostado en el frio pavimento con charcos de sangre que provenían de la boca de aquel hombre.

-No perderé el control -dijo en sus adentros- pero él sabe que siempre ha tragado demasiado, el veneno corre ya por sus venas, respiro y replico:
-No voltees a verme, tampoco te dignes que no es mi deseo
-Tu deseo es seguir siendo un mártir
-¡Eso no es lo que deseo! ¿Acaso crees que quise que mi vida fuera así?
-¡Sí!
-No pudiste destrozarme, ni acabar conmigo, soy yo quien ha terminado contigo
-No me importa, haz lo que quieras, siempre lo has hecho. ¡Yo no importo ni nunca te importe!

En ese instante las palabras ya viajaban en el viento, deseaba dormir, pensar en lo onírico. Cerró sus ojos y dejo fluir las palabras:
-En mi mente siempre he sido un luchador, mi corazón es la piedra, mi alma el combustible y mi chispa siempre ha brotado en tu favor para encender tu fuego
-No entiendo, ¿podrías explicarlo? No todos somos tan inteligentes como tú. ¡Pero si ya sé que te debo todo, por eso te abro las piernas!

Imagino el asco que ella debía sentir en ese instante, sin embargo el nunca ha dejado de sentir esa presión en la sien, como si una bala estuviera incrustada ahí desde los dieciocho años, ese mismo dolor que quito el velo de sus ojos, poco a poco desde que la conoció y dejo fluir aun mas las palabras:

-Existe tiempo para amarte y tiempo para odiarte, eres un futuro que jamás imagine alcanzar, solo recuerda. . .
-¡Que! – Ella interrumpió –
El dejo salir el monologo de su cabeza:
-Que aunque pienses que eres libre ahora, nada te librara de ti misma, del dogma tatuado en tu espalda. Devorare tus secretos, en un sueño dentro de un sueño. Devorare tus sueños, un millón de ellos; pero ninguno de ellos eres tú.
La respuesta fue el eco de la otra línea vacía, igual que su vida.

I

Platica absurda y aburrida, -una de las tantas que hasta la numero  había perdido – cuenta los segundos para que esta se acabe y pueda seguir con la verdadera conversación que había interrumpido hace un momento, aquella conversación que le produce ese cosquilleo en el estomago –ese mismo cosquilleo que no sentía tiempo atrás – esa conversación que lo nutre, que le hace crear nuevos pensamientos.

– Ya llegue
– Muy bien
– ¿Cómo te fue?
– Igual que siempre
– Qué bueno
– Hoy mi perro alzo su pata bien lindo ¡ay que cosita más hermosa es!
– Qué bien, amor – contesto automáticamente –

Sintió que cada respiración era una pérdida de vida y tiempo, anheló aquellos tiempos en donde podía soñar con aquella mujer por su inteligencia, perspicacia habían robado ese aliento que ahora parecía desperdiciado

– ¿Qué tienes?
– Nada –replico instintivamente– Solo estoy un poco cansando.
– Pues si quieres te dejo de molestar
– No me molestas
– Ok, como quieras
– Que descanses
– Igual
– Bye
– Bye

Octubre es una época de frio y lluvia en la ciudad. El pavimento mojado, los vidrios empañados, los charcos y las nubes grises, han sido siempre elementos que a él, le han parecido inspiradores. Pero nunca había estado atrapado entre la monotonía y la espontaneidad. Estaba seguro que ella al momento de colgar estaba con otra persona, esa misma persona que cambia de nombre y rostro pero no de significado. A él simplemente ya no le importaba.
Dentro de la telaraña de su cabeza, Humberto seguía preguntándose exactamente qué era lo que ataba a ella, el dinero no – se respondía lo más pronto posible -, ¿acaso el amor? – el amor es como un cultivo, si lo dejas morir, la tierra se torna árida – , posiblemente sean los sábados – se dijo así mismo – esos sábados que durante mucho tiempo odio y desprecio por tenerlos que compartir solo con su cama. Pero la vibración del teléfono lo alejo de sus pensamientos.

– ¿Qué onda?
– ¿Cómo estas precioso?
– No tan bien como tu
– ¿Oye?
– ¿Qué paso?
– Me encantas
– Claro que no –respondió en tono pueril –
– Claro que si, pienso un millón de veces en ti
– ¿Un millón? Seguramente contaste mal, porque eso es mas de una vez por segundo, lo cual te haría la persona con mejor calculo en el mundo.
– ¡Ay, ya! No seas menso, ja, ja. Por cierto ayer vi una película y me acorde de ti.
– ¿Cuál?
– La fuente
– Si, ya la vi
– Si, ya sé que te encanta el cine y que has visto casi todas las películas; pero el punto es que fui con Martha a la cineteca, y me acorde tanto de ti, porque jamás me cansaría de pelear por ti
– Tengo miedo –Corto su relato con un tono frio –
– ¿De, que? Respondió con un tono de voz angustiante y desesperada
– De ti, de lo que pueda pasar, no lo sé, mi cabeza no está en su lugar en este instante, tengo muchas cosas encima, el trabajo y la maestría son exhaustivos. De echar todo a perder pues.
– Pues solo déjame llevar esa carga contigo, ¿sabes te estás volviendo mi todo, crees que eso no da miedo?

Y en efecto ella estaba envuelta en miedo paralizada, por ella y por él, por su inexperiencia y por su pasado, pero todo eso no era tan grande como la satisfacción de tan solo escuchar su voz, deseaba con toda su alma que él, jamás se fuera de su lado. Encontró en tan poco tiempo lo que tanto había soñado y a la vez orado por.

El, al escuchar esas palabras, se reventó, jamás volvió a ser el mismo, entendió que encontró el calor de hogar que le fue arrebatado, que no sabía su llorar o gritar de alegría. Lo único que supo es que lo siguiente que dijera iba a cambiar el rumbo de su vida y posiblemente del mundo entero. Así que cerró los ojos y le respondió:

– Te amo, pero no eres real
– Soy real, si tú quieres que así lo sea
– No, no lo eres solo eres algo que necesito y no existe –Exclamo, de una forma brutal, que casi terminó sin aliento-
– No quiero que te vayas. Te necesito tanto
– ¿Tu no crees que yo también te necesito? Pero yo fui el creador de tu necesidad por mí, al igual que cree tu imagen y todo lo demás. ¡Porque no existes, yo te invente!
– Pero yo. . .
– Tú crees que no me faltan tus ojos y con ellos tu mirada dulce, tus labios. Que me digan que todo estará bien. Yo se que eres una mentira, eres intangible; pero necesito tu imagen para no consumirme en mi locura y es que es esa profundidad en tu mirar lo que me impide renunciar a mi vida. Tu ausencia duele todos los días y ese dolor solo lo mitiga el imaginar tus brazos sobre mí.
– Esto no puede ser. . .
– ¡Cállate, por favor no sigas más! – Interrumpió a su reflejo – ¿No lo entiendes? ¡Estoy loco! ¡Soy un sicópata, un demente una mierda más en este espacio sin sentido, que es la vida! ¡Estoy hablando conmigo en mi propio sueño! El corazón latía tan fuerte que podía verlo a través de su playera.

Así Humberto despertó súbitamente de ese último sueño, su último sueño del otoño, con un sabor amargo y olor fétido en la boca. Sus ojos muestran el desgaste del tiempo, la autentica representación de una broma de Dios. Trató de hablar; pero las palabras no salían, todo le parecía tan lento y tan tranquilo. Tomo su cara con las dos manos tratando de despabilarse ya pasaban mas de las diez, cuando volteo a ver su brazo, la jeringa todavía estaba incrustada en el.

– ¡Carajo, otra vez ella! Poco a poco se fue levantando de su cama, su pie tropezó con una botella de vodka casi de terminar, volteo a su derecha y tomo del buro un par de pastillas. La botella ahora estaba vacía. Esta es la vida que Humberto llevaba en secreto por más de tres años.
– ¡Puta madre, ya no tengo cigarros!

Como todas las mañanas su rutina consistía en bañarse con agua muy fría – los piquetes le empezaban a provocar moretones en su piel que ya eran más que visibles – vestirse lo más formal que podía y desayunar unas donas con refresco de cola. Al llegar al trabajo, no dijo ni una sola palabra solo se sentó y prendió su computadora – había llegado más de dos horas tarde –

– Buenas noches
– Hola, disculpe que llegue tarde, pero había mucho tráfico
– No hay excusas, cuando te contrataron específicamente, mencione que necesitaba alguien que realmente necesitara un trabajo.

Ella era Sonia su jefa, obesa, cabello corto y cara de pocos amigos – realmente había sido abandonada por su marido dejándola con su hija de 13 años, y habían ya pasado más de 7 años desde que alguien la había besado – Humberto y Sonia tenían solo dos cosas en común: odiaban su trabajo y se odiaban uno al otro.

Como todas las tardes después de su rutina laboral, Humberto tomaba el transporte colectivo regreso a casa, no sin antes avisarle a su novia – si así se le podía llamar – para avisarle que ya había salido y que iba rumbo a su casa.

– ¿Bueno?
– Ya salí.
– Qué bueno
– ¿Qué pasa porque se oyen tantas risas?
– Nada mis compañeros que están jugando
– Parece que te estás pasando un buen rato
– ¡Ya vas a empezar!
– ¿a qué?
– A decir que soy un puta
– Yo no dije eso
– Pero lo crees, que es lo peor
– En serio, chaparrita, haz lo que quieras
– No, ahora vienes por mi
– No la verdad estoy muy cansado

Realmente a él ya no le importaba el hecho de que estuviera con otra persona, le molestaba el hecho de que quisieran hacerle creer algo que no era, eso era lo que odiaba de todos. Que trataran de hacerle creer mentiras. Pero su cobardía lo obligaba a callar, el dinero que ella le proporcionaba todas las quincenas era vital para su sobrevivencia.

Al llegar a su casa repetía el ritual que había desarrollado sin conciencia, se encerraba en su cuarto, obviando los gritos de su demente madre, se desvestía, tomaba dos pastillas las cuales se pasaba con un trago de escocés, prendía su computadora y bajaba pornografía. Humberto no tenía ningún problema con la pornografía, de hecho le fascinaba a niveles superlativos al hecho de ver copular a dos personas, tenia siempre en la mente que las mujeres y hombres que laboraban en esta industria eran gente de mucho respeto, – no es fácil desnudarse y coger delante de 20 tipos con cámara y micrófonos – Pero le llamaban en sobremanera la atención las mujeres, para el eran como deidades de la feminidad: uñas largas y arregladas, depiladas, con un buen gusto en moda y maquillaje, la piel tersa como la seda, el pelo teñido y arreglado; pero lo que más admiraba era su actitud, esa actitud fuera de tabúes, de buscar lo que quieren y obtenerlo. En pocas palabras su actitud de deseo, hedonistas por naturaleza.

Después de masturbarse y tirar el papel mojado de semen, sacaba debajo de su cama una jeringa, un frasco, una cuchara y un encendedor. Ponía el polvo en la cuchara, agregaba un poco de agua, calentaba la cuchara, con la jeringa absorbía ese líquido burbujeante, se amarraba el cinturón en el antebrazo, esperaba que la vena estuviera en su punto y se pinchaba. Sus pupilas se dilataban al instante, ese calor llegaba de nuevo sonreía y lloraba al mismo tiempo:

– Hoy me hice daño, para ver si todavía siento, trato de enfocarme en el dolor, la única cosa que es real, la aguja hace un orificio trato de matar todo; pero aun recuerdo todo. ¿En qué me he convertido mi dulce amigo? Cada persona que conozco al final se ha ido, cualquiera puede tener mi trono de suciedad, pero siempre los he defraudado, estoy lleno de pensamientos que no puedo reparar, bajo las manchas del tiempo ese sentimiento desaparece cuando pienso que soy alguien más, y aun estoy aquí.

Estos oscuros y fríos pensamientos son interrumpidos por el sonar de su teléfono que irónicamente tiene el himno a la alegría como timbre

– Ya llegue a mi casa
– Muy bien
– Bueno te dejo, te oyes cansado
– Solo un poco – Al final siempre sabía cómo ocultar su voz desorientada –
– Nos hablamos mañana
– Ok
– Besos
– Bye

Humberto dejo el teléfono a un lado, tomo una posición fetal, una lágrima rodo por su mejilla, mientras el rezaba un mantra: ¡En que me he convertido! ¿En qué?

Los días de la semana transcurrían exactamente igual para Humberto, aun los sábados que veía a Alma, la mujer que proféticamente había declarado como la mujer de su vida. Durante mucho tiempo atrás siempre se veían en casa de ella; pero ahora que la madre de Humberto no estaba – pues trabajaba todos los sábados – era de acuerdo a su visión el mejor lugar para tener un poco de privacidad gratuita.

Como perro que no aprende la lección, Humberto seguía esperando aquello que nunca sucedió: Que ella se abalanzara a sus brazos, lo besara como si no hubiera mañana y lo despojara de sus ropas, mientras ella se desnudaba para él. Solo en sus sueños sucedía, generalmente pasaban el sábado viendo películas que Humberto escogía para compartir con ella su pasión por las películas.

– ¿Qué quieres hacer amor?
– Pues vemos una peli
– Ya escogí una que te va a fascinar
– ¿Cuál?
– Hable con ella, de Pedro Almodóvar
– Pues ponla
– Ok – decía él con voz decepcionada –

Hable con ella, era una de las películas más influyentes en la vida de Humberto, pues le parecía que Almodóvar deshilvanaba la mente masculina con gran fuerza y sin complacencias, retrataba al hombre enamorado, que generalmente se vuelve dócil y acepta lo que sea por un pedazo de amor. Pero había una sola escena en todo el cine que podía remover una lágrima de Humberto y esa escena estaba en esa película:

“Ese Caetano, me ha puesto los pelos de punta” “no fue la primera vez que tuve que sacar a un bicho así, ella también le temía a la serpientes como tú, una vez estando en África ella se encontró con una en la casa de campaña, y salió corriendo, verla así, desnuda y frágil, me ha traído muchos recuerdos” “Como odio a esa mujer, ¿Qué puedo hacer para que la olvides?” –Mientras ella lo abraza por la espalda- “Justamente lo que estás haciendo ahora” – ella lo besa con amor y pasión –

El esperaba a alguien que hiciera olvidar a Alma, eso era lo que realmente pasaba cada vez que pasaba sus manos por encima de la cintura de ella. Esas caderas y su perfume hacían una combinación muy difícil de resistir, así que tanto él como ella sabían que tendrían sexo, un sexo sucio.

El sexo se había convertido más que memorias en sucias esperanzas, el trataba de resistirse al deseo y por lo tanto a su erección. Pero un impulso que rebasaba la ansiedad lo obligaba a voltearla besarla, ella cómodamente recibía los besos las caricias y solo se dejaba llevar, mientras él, la desnudaba con admiración y coraje al mismo tiempo, esa brevedad de sus senos se le hacía irresistible, besaba y lamia cada parte de su cuerpo cual chocolate blanco. Descubría su pubis recién rasurado, liso. El adoraba pasear su lengua por la apertura – la perdición esta en medio de tus piernas – pensaba Humberto, y cuando no podía más la penetraba, jamás ella pidió ser penetrada, igual como jamás lo pidió a él. Humberto se aferraba a pensar que si al menos ella no lo amaba y deseaba como él a ella, nadie, nadie en este puto planeta la iba a coger como él, y él lo demostraba con cada penetración, con cada ritmo, cada orgasmo. Agarraba sus nalgas como si de ello dependiera su vida, y posiblemente así era.

Después de una placentera eyaculación, Humberto encontraba su etapa reflexiva en su punto máximo, la cual aprovechaba mientras ella corría con todo y ropa al sanitario. Estaba sentando al borde de la cama, en ese lado oscuro que jamás podrá olvidar, y reconoció todo el tiempo que jamás iba a recuperar; pues era una historia más de fe perdida, ella pidió ser amada y él lo hizo, trago sus emociones por un compromiso adquirido, sabía que su otro yo estaba muriendo con cada eyaculación dentro de ella, sabía que no podría renacer en ella, pero sobre todo que jamás sobreviviría a memorias muertas como estas, memorias muertas en su corazón.

II

Alma salió del baño, vio el reloj y exclamo :

– No jodas ya son más de las 6, ya me voy

Tomo su bolso, se arreglo el pelo para ocultar un poco el torbellino que había experimentado minutos atrás, la acompaño a la puerta y le dio un beso de despedida. A Humberto ya no le importaba si salía a acompañarla hasta la puerta de su carro como en aquellos días de enamorado, cuando la dejaba en la puerta de su casa para después regresarse a su casa en transporte público – una hora y media le tomaba regresar – ahora ya no. Simplemente se despedía y seguía el curso de su miserable existencia. Alma odiaba manejar, pero no el acto de manejar, sino el manejar:  Esquivar la estampida moderna de autos, la hacían reflexionar, pensar; pero nunca recapacitar, ella supo que Humberto era lo que necesitaba en ese momento, mas no lo que amaba, para ella en sus sueños era una santa, una especia de María moderna, que era impávida al dolor ajeno. Ella estaba consciente que Humberto la había hecho sentir como el sol, que todo giraba alrededor de ella y eso le gustaba, aunque cuando se sinceraba sabía que era más parecida a Dios: Estática e inmóvil ante todo. No le quedaba mucho amor por dar – lo poco que tenia se lo daba a su perro, a esa enfermiza relación que había construido hacia aquella criatura – se sentía vacía por dentro, estaba a un minuto de su decadencia. El jugo de sus ojos empezaban a escurrir de sus mejillas mientras ella se repetía a si misma que ella no lloraba, que no debía llorar, ese mismo orgullo que la empujaba cada día más cerca del precipicio, porque el odio que sentía consumió todo lo demás. Se sabía y sentía muerta, una muerta viviente, aunque ella predicaba ser una mártir, solo moría por sí misma, por buscar la compasión ajena.

Pero Alma no siempre fue así, conoció a Humberto en el bachillerato, en ese entonces Humberto era un extraño para cada uno de los estudiantes de la escuela, era simple y sencillamente indiferente. Alma a su vez era una niña que irradiaba tal inocencia que rayaba en lo banal, tenía un grupo de amigas y amigos muy similar a su estilo, entes que obedecían cada una de las instrucciones recibidas, pero que a la vez entraban dentro del grupo de los amigables. Esa clase de grupo que es amigos de todos y sus enemistades siempre empezaban por estupideces de pubertos sin destino. Todo era reflejo de la su infancia, siendo huérfana a muy temprana edad la dejo marcada de por vida, – siempre le hicieron creer que su padre en vida había sido un tipo ejemplar, cuando más adelante descubrió todo lo contrario- el hecho de que su madre saliera todos los días desde muy temprano a buscar el sustento para tres hijos, hizo que estuvieran desprotegidos ante su propia familia, la cual al ser numerosa sentían el derecho de dar todo tipo de instrucciones para criar a la niña perfecta. Y eso era algo que Alma odiaba, que le impusieran cosas, que siempre le dijeran lo errónea que estaba, poco a poco empezó a desarrollar un orgullo, ese mismo que años después sin que lo supiera la estaba llevando a la decadencia. La única relación fuerte que tuvo en su infancia fue con su abuelo, quien ella misma lo describía como un ser ejemplar adelantado a su tiempo, pues al tener mayoría de hijas se volvió sensible a la psiquis fémina y apoyarlas hasta el último aliento que tuvo, el cual fue hasta los 9 años de Alma. Ya en la adolescencia Alma se sentía sola, lo que provocaba que tratara a todos como insectos, sabía que su atractivo era grande y había encontrado la manera de ocultar sus inseguridades.

Todo cambio una tarde cuando saliendo de la escuela sintió unos pasos atrás de ella, paralizada lo único que realizo por instinto era aumentar el ritmo de paso, el sudor bajaba por su espalda, estaba frio producto de la adrenalina causada por el miedo. Cuando al momento de doblar la esquina sintió una mano que jalaba su pelo, así como un golpe en el estomago, estaba en el suelo revolcándose del dolor de semejante golpe; pero nada, nada se comparaba con el miedo, ese miedo solo se siente una vez en la vida, miedo provocado por un animal de cuarenta y tantos años, manoseándola, lamiéndola, rompiendo su informe escolar y también su dignidad.
– ¡déjeme por favor! – Gritaba con toda la fuerza de sus pulmones –

– ¡ayuda, ayuda!

El animal no pronunciaba palabra alguna, solo seguía tocándola y recorriendo su lengua. La tenia inmovilizada completamente a su merced, todo en plena vía pública. Hasta que sus gritos tuvieron respuesta.

– ¡Hijo de puta!
– Carlos, Miguel ¡vengan ya!
– ¡Suéltala animal!

Los tres hombres después de mucho esfuerzo contuvieron a la bestia y le propinaron tal recital de golpes que esta tuvo que huir hacia las penumbras donde los tres hombres jamás pudieron alcanzarlo.

– ¿estas bien?
– ¿Cómo te llamas?

Alma no podía juntar dos palabras, solo asintió y señalo donde estaba su casa, sintió una vergüenza inmensa, se sentía sucia, culpable, culpaba a su belleza. Pidió a los hombres no hacer alboroto alguno, lo cual fue un alivio para los tres porque no deseaban involucrarse más allá de lo sucedido esa noche.

– ¿Pero no te paso nada, verdad?
– No, no solo me golpeo, pero no paso a mayores.

Alma entro corriendo a su cuarto, sintiéndose culpable, después de esa tarde una parte de ella se había quedado con aquel Animal.

Al entrar a la preparatoria Alma tuvo un cambio radical, completamente se olvido de su apariencia e inmediatamente empezó a hacer migas con personas muy similares a su nueva yo, personas sin mayor complicación – o al menos eso aparentaban – y una de ellas era Maria, su nueva mejor amiga, en poco tiempo se mimetizaron a tal punto en que una podía finalizar la frase que la otra había empezado. Ambas exudaban una inocencia que rozaba en lo pueril; pero al igual eran las más populares dentro de su grupo de perdedores amigos.

Maria provenía de una familia que habían llegado a la ciudad desde San Luis Potosí ya algún tiempo atrás, siendo la más chica de la familia aprendió rápidamente las artes del cuidado del hogar, ya que su madre llegaba fatigada del trabajo que tenia dentro del mismo bachillerato en el área de intendencia y según su visión era responsabilidad de Maria cuidar de la casa ya que sus hermanos mayores estando en la universidad no podían descuidar sus estudios, que a juicio de su madre eran mas importantes que los de Maria, a pesar de todo su madre era el punto de referencia, su ídolo. Maria y Alma iniciaron una solida amistad gracias a su soledad, hablaban diario por teléfono para mirar las series japonesas que pasaban en ese entonces por televisión abierta, comentaban sobre los capítulos, sus sueños y de que personajes eran los más atractivos. Para después debatirlo frente a frente, pues ambas escapaban de sus míseras realidades, pero sobre todo trataban de escapar de su misero destino.

III

Mientras tanto Humberto siendo un espectro en la escuela –así lo había decidido – no hablaba con nadie puesto que no le interesaba, su mundo estaba un poco avanzado en cuanto a experiencia con el resto de los demás. Acababa de entrar al mundo de la sexualidad a sus mozos quince años, gracias a Alberto, su primo tres años más grande que el. Alberto en realidad no era su primo; pero sus madres se conocieron desde pequeñas, lo que según ellas les daba derecho a darse el estúpido título de hermanas.

Alberto fue una de las mayores influencias de Humberto en su pubertad, le enseño a beber a los 11, fumar a los 12, a fajonearse con mujeres, así como a muchas otras cosas más. Alberto era un caos, repetía los cursos, se escaba de clases, desafiaba las reglas, se juntaba con las niñas más deseadas del colegio para llevarlas a su casa mientras su madre trabajaba – o aparentaba que trabajaba, ya que estaba hundida en el alcohol – fue ahí, en casa de Alberto donde Humberto conoció los deleites de la carne, no podía creer que a sus 13 años tuviera niñas – mujeres para el – de dieciséis años en su regazo mostrándoles sus hermosos y firmes pechos. El trataba de imitar lo que veía en las películas pornográficas que su primo traia de contrabando a la casa, se le hacía fabuloso experimentar lo que veía en la pantalla. Humberto llego a los quince años y con ellos a su cita con su primera experiencia sexual.

-¡Humberto!
– ¡Huberto baja güey! ¿Qué te pasa pendejo? estaba jetón -contesto mal humorado –
– Mira ella es Liliana
Liliana era una mujer de dieciocho años recién cumplidos, una cara angelical, una piel apiñonada y unos abultados senos.
– Qué onda – le dijo levantando las dos cejas – Volteo a ver a Alberto y replico: – ¿Que güey para esto me despertaste?,¡no mames!
– ¿Este es el niño del que tanto me platicabas? – respondio ella en tono de burla –
– Este güey es más cabron que yo – Contesto Alberto –
– ¡Cállate pendeja, que no soy ningún niño! Cuando quieras te lo demuestro – respondió Humberto agarrándose los genitales –
– Bájale güey, que traje un pomo
– ¡Ah! bueno haberlo dicho antes
– Y que no va a venir tu amiga – le pregunto Alberto a Liliana –
– Si, no se tarda fue a cambiarse
– Pues mientras empecemos

Alberto saco la botella de Tequila y empezó a servir los caballitos, después de la segunda ronda llego Maricarmen, una amiga de Liliana, una madre soltera adolescente anunciada. Humberto los supo desde el primer momento que la vio, pues había algo en sus actitudes que le hacían ver que descubrió su sexualidad a temprana edad y le encanto; pero lamentablemente para su fortuna ella era muy estúpida, tanto que no supo como manejar el sexo, el tiempo le daria la razon a Humberto una vez mas.

Al pasar rondas y rondas de bebidas a ritmo de Aerosmith, Liliana se enfoco en Humberto:

– Para ser un niño aguantas bastante
– ¡Cómo chingas! Ya te dije pendeja, que no soy un niño
– ¿Por qué no se lo demuestras? – Interrumpió Maricarmen
– ¡Órale, pendejo en mi buro hay condones! – añadió Alberto en tono etilico –
– ¡Bien tengo ganas de desquintar niños!
– Te acabas de meter con la persona equivocada, ¡ven! – Humberto la agarro de la mano, la levanto del sillón y la llevo arriba a la recamara.
Humberto teniendo nula experiencia, se dejo llevar por lo aprendido en el televisor, empezó a besarla y a recorrer con su boca el cuerpo de ella, mientras la iba desnudando, cualquier intento de ella por tener algo de iniciativa era inmediatamente sofocado por el.
– Tu te callas y haces lo que te diga, ¿entiendes?

Ella por su parte asentía con los ojos en blanco. Humberto sabia que el sexo oral era algo importante, así que lo práctico por más de diez minutos, lo gemidos de ella no cesaban, Humberto coloco el preservativo en su hirviente pene, y lo dejo entrar con una brutalidad y malicia, que solo hacía que Liliana se humedeciera mas.

– Ven acá – le gritaba Humberto, mientras le jalaba la cadera hacia su pubis –
– Así, ¿así?
– Si así, así me gusta
– Me vengo, ¡no mames! – gemía mientras le enterraba sus uñas en los brazos tiernos de Humberto-
– Humberto la volteo para ver sus nalgas – ven encorva la espalda, ¡si así estas bien!–
– ¡Que rico coges!
– Si lo sé – Mentía Humberto, pero sabía que mientras ella se retorciera como lo estaba haciendo, eso indicaba que estaba haciendo bien su trabajo –
– ¡Mas, mas, ay asi, no pares por favor no pares!
– ¡Puta madre me voy a venir! – Grito Humberto –
– ¡Ay que rico, si chiquito vente todo sobre mi!
– ¡Cállate, acaso te dije que podías hablar! Humberto la volteo de nuevo y dejo caer su abundante jugo blanco encima de ella, su primera mujer.
Pero no la experiencia como hubiera querido, se puso inmediatamente los pantalones, salió al baño jalo una toalla, mientras ella procesaba que lo que había pasado.
– Eres un cabron, con cara de niño; pero cabron
– Te lo dije, ahora límpiate y lárgate – al mismo tiempo que le aventaba la toalla –

Humberto ese día perdió la poca inocencia que le quedaba, pero sobre todo le quedo ese pensamiento que lo llevo con el resto de su días, solo por probar un punto realizo algo que no quería, con la persona que no quería, y que eso jamás podía repetir.

– El orgullo es una pendejada – Dijo a sí mismo viendose al espejo-

IV

Humberto toco la puerta, alcanzo a escuchar unos murmullos detrás de la misma:

– Yo abro, no te preocupes debes de estar muy cansada
– Gracias, eres un encanto – contesto Alma –

Francisco abrió la puerta, solo para poder dar su último respiro, gracias al potente filo del cuchillo de Humberto que atravesó toda la tráquea. Dejándolo ahogado en su propia sangre. Humberto jalo el cuerpo de los pies y lo llevo hasta la zotehuela, donde termino de desangrarse.

En ese momento, por la adrenalina Humberto no se sorprendió de su habilidad para matar, sin siquiera tener una gota de sangre, subió las escaleras. Abrió la puerta del cuarto de Alma, sabía que ella estaba sola, pues su madre trabajaba por las tardes y su hermano menor estaba en su campamento anual. Se sentó en la cama junto a ella, la observo dormitando.

– Mira cuanto has cambiado, no puedo creer que seas la misma que conocí años atrás, cada día estas más hermosa – mientras acariciaba su rostro de porcelana –
– ¡No! – Grito desesperada Alma –
– ¡Siéntate perra, te mueves y juro que te golpeare hasta que desees estar muerta –
– ¡No, no, que haces aquí, no!
– ¿Por qué para todo tienes que hacer un escándalo, un jodido drama? – grito Humberto en su cara – ¿Como pudiste dejarme, así de repente? ¿Que es lo que sucede? ¿ahora si soy demasiado escandaloso para ti?

Alma soltó un grito que rebasaba el pánico en su cabeza, siempre supo que Humberto era un tipo muy tranquilo. Y esa clase de persona, es de la que mas hay que tener cuidado. Cuando sus pensamientos fueron interrumpidos por la horda de gritos de Humberto.

– Lo lamento perra, pero finalmente vas a escucharme:
– Que me hayas botado, está bien. Pero que el venga a ocupar mi lugar. ¡Estas loca! ¡Este celular, este escritorio, estas bolsas, toda tu ropa, hasta tu cama es mia! ¡¿Cómo lo dejaste dormir en esta cama?! – Mientras la tomo del cuello – ¡Mírame! ¡Mira a tu ex novio ahora!
– ¡No! –replico con los ojos cerrados-
– La tomo más fuerte del cuello y la acerco tanto que podía ya oler su respiración – ¡Te dije, MIRAME! ¿Ya no estoy tan deprimido, verdad?
– ¿Por qué me haces esto? Al momento Alma reventó en lagrimas
– ¿Tú lo hiciste, destrozaste al adolescente enamorado de ti, al que te dio todo sin pedir nada a cambio? Realmente me jodiste, yo de pendejo creyendo que regresarías a mis brazos, extrañándolos. ¿Esto fue por lo de María? Te dije que tú y yo no éramos nada, creí que ya lo habíamos arreglado.
– Te amo – contesto Alma en un intento desesperado, de dialogar con alguien que su sanidad la había dejado en la puerta –
– Eso no es cierto,
– No sé que tienes encima, pero no podrás salirte con la tuya.
– ¡¿Crees que eso me importa, idiota?! ¿Crees que esto es un juego? Pues hay un tipo llamado Francisco muerto en la parte de abajo, Ja, ja
– ¡Oh, Dios!
– ¿Lo amabas, verdad?
– No, no para nada mi amor
– Perra mentirosa, no me mientas, no me mientas
– Te amo – tratando de tomar su mano –
– ¡Alma! –Mientras le aventaba la mano –
– Mi amor
– ¿Crees que soy feo?
– No, no es eso
– ¿Crees que soy feo, jamás te guste, verdad?
– ¡Mi amor!

La cara de Alma, había pasado del terror, al llanto incesante de una situación fuera totalmente de su control. Lo único que le quedaba es adivinar lo que Humberto quería escuchar. Jamás tomo en cuenta lo que realmente Humberto estaba buscando en su cuarto

– ¡Te odio, juro por Dios que te odio! ¡Carajo, te amo, te amo! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto, como carajos pudiste hacerme esto?!
– ¡Por favor, suéltame el pelo! No nos hagamos esto, aun podemos estar juntos, podemos deshacernos del cuerpo, mi amor, aun hay oportunidad para nosotros.
– ¡Vete a la chingada, tu nos hiciste esto! ¡Es tu culpa!
– No – mientras sus ojos y nariz escurrían todo el liquido que podían –
– ¿Recuerdas cuando, te ayuda en los exámenes en la preparatoria? Era gracioso como lo preparábamos ¿verdad?
– Si, si era muy gracioso
– Mira todo tiene sentido, tu y el pendejete de abajo tuvieron una pelea muy fuerte, uno de ustedes toma un cuchillo, el otro se le abalanza y accidentalmente le perforas la manzana de Adán, mientras esto sucede tu entras en pánico y terminas suicidándote a su lado, como una escena de Romeo y Julieta. Después me darán la noticia, y diré que estaba en el trabajo por un proyecto urgente, justamente hablando por teléfono. Eso es lo bueno del dinero puedes sobornar a quien sea por una mentira que parecerá inocente ¿Por qué crees que traigo guantes?
– ¡No, esto no puede estar pasando! Te amo, Humberto, mi vida te amo
– Cálmate Humberto – susurraba hacia sus adentros- Debí saberlo en el momento en que empezaste a actuar extraño.

Humberto empezó a derramar lágrimas, y Alma aprovecho el momento en que se volteo para secárselas, para tratar de huir.

– ¡Hey Alma! ¿Qué tratas de hacer? No puedes huir, ja ¡te tengo! – una sonrisa soltó Humberto al momento de alcanzarla rápidamente en las escaleras –
– ¡Auxilio! ¡Alguien, quien sea ayúdeme! – Grito Alma hasta desgarrarse sus pulmones –
– ¿No lo entiendes? Nadie puede escucharte y si lo hicieran no vendrían en tu ayuda. ¿No recuerdas donde vives? Vives en los linderos de la ciudad, nadie va a mover un dedo por ti, gente muere a diario por violencia aquí. ¿Qué te hace pensar que vendrían por ti? Es más grito contigo: ¡Auxilio que alguien nos ayude!
– ¡Ohhh Dios! – Lloriqueaba Alma –
– Ahora calla – mientras la tomo del cabello y la arrastro a la zotehuela – y siente lo que te espera – momento en que le rebano la garganta-
– Agggghhhhhhhhh
– ¡Muere puta! ¡Muere!

Humberto sonreía, al sentir el calor de su sangre, en los guantes. Su venganza había sido consumada. Momentos después boto el cuerpo al lado de su amante, justamente en una escena de Romeo y Julieta, solo que un poco más sangrienta.

– Por fin te has convertido en algo que yo nunca fui
Humberto se helo y volteo rápidamente para ver que era su padre, Gregorio, el ser que mas repudiaba parado en la puerta, quien hablaba. Rápidamente Humberto despertó con las sabanas y almohada mojadas por el sudor y el alma en los pies.

V

– Humberto, mi amor. Despiértate ven, mira lo que te trajeron los reyes magos.

Humberto bajo de la mano de su madre, las escaleras que conducían de su cuarto a la sala, el olor a pino emanado del árbol de navidad fue lo que despabilo por completo; para él las 8 de la mañana era demasiado temprano.

– ¡Mira, que padre están estos juguetes!

Humberto se despertó por completo al ver el set de Lego que estaba debajo del árbol, miles de piezas para armar lo que él quisiera. Inmediatamente el rito de despedazar la envoltura de plástico empezó, así como a desparramar en el piso todas las piezas, simplemente quería verlas una por una.
Humberto completamente emocionado, empezó a armar todo lo que se imaginaba, construyo una nave intergaláctica, un helicóptero, un edificio, así hasta que se pregunto qué tan alto se podía construir con esos diminutos cubos que se ensamblaban tan fácil unos con otros. Puso manos en marcha a su ambicioso proyecto. Cuando la estructura rebaso su estatura, Humberto se vio obligado a subirse al sillón, después a apilar todos los cojines para poder seguir a la par con la altura de su estructura, esa pila de cojines siguió apilada solo que ahora en el brazo del sillón, Humberto estaba a muy poco de llegar a la cima, que para él era el techo de la casa, observo como su tambaleante estructura seguía en pie, dio un brinco para alcanzar las últimas piezas para ensamblarlas cuando su proyecto se colapso en una lluvia de piezas regadas por la sala.

En ese instante, el ruido de la cerradura de la puerta principal solo significaba algo: Gregorio, su padre estaba llegando a casa y no precisamente del trabajo. Su afición al alcohol la llevaba al extremo, a desaparecer por días, para regresar apestando a una combinación entre perfume barato, sudor, vomito y ron.

Paula salió corriendo de la cocina hacia la puerta, fue testigo del estado de su marido: Camisa desabotonada, medio fajada, el cinturón abierto, sin zapatos, despeinado, los ojos a medio abrir y una estúpida sonrisa a medio terminar – su sello característico de su ebriedad –

– Por favor, Gregorio no hagas ninguna escena que el niño apenas abrió sus regalos
– ¡A mí, no me digas que hacer! ¿Me oíste? ¡Haber! ¿Quien pago por los chingados regalos del escuincle? ¡¿Quién?!
– Ya sé que fuiste tú; pero no es bueno que el niño te vea así
– ¿Así como? El me debe querer como lo que soy: su padre. Ahora lárgate a la cocina que sabes que me encabrona desayunar tarde. Mientras yo voy a miar

En el paso descompuesto de Gregorio este piso unas de las piezas del regalo de Humberto

– ¡Puta madre! ¡Quita estas porquerías de aquí! ¿Me oíste?
– Humberto solo asintió con la cabeza
Humberto se limito a juntar todas las figuras en solo lugar, pues su mente seguía empecinada en construir la estructura que minutos antes había colapsado. Así que volvió a empezar.
– Humberto, ven a sentarte papá que ya va a estar el desayuno
– Si mami, voy

Gregorio salió del baño, agregando un nuevo olor a su exquisita combinación: los orines de su pantalón. Se quiso sentar, pero antes de poderlo hacer, vio en el rincón una pila de piezas de colores que hicieron su rostro desaliñado enrojecer

– ¡Te dije cabron que quitaras eras porquerías!

Antes de que Humberto cubierto en miedo pudiera voltear este ya había sentido el calor de la bofetada que su padre le había propinado con el dorso de su mano. Le volteo su frágil cara solo para exponer la otra mejilla al segundo ataque de su padre. Humberto cayó hacia atrás y sus lágrimas explotaron de inmediato, escurriendo por sus mejillas hasta encontrarse con la sangre que salía de su nariz diluyendo al líquido carmesí.
– ¡No llores, porque te reviento otras dos! ¡Porque yo no tuve putos como hijos! ¡Entendido!
– Si . . . pa . . .pa – Tartamudeaba Humberto –

De dos golpes y bajo la silenciosa complicidad de su madre, Humberto a sus tiernos cinco años de edad le fue arrancado una porción de inocencia y autoestima, que jamás iba a poder recuperar. La semilla del dolor había sido sembrada, el dolor de su primer recuerdo.

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